Las empresas y los gobiernos están dirigiendo la atención al fondo del océano como un nuevo ámbito de guerra, impulsado por la vulnerabilidad de los cables de comunicaciones submarinas, los conductos de energía y los enlaces de alimentación que sustentan la economía global. Hasta principios de 2026 había más de 1,5 millones de kilómetros de cables de comunicaciones submarinos en servicio en todo el mundo, según TeleGeography. El sabotaje en 2022 de los conductos de gas Nord Stream en el mar Báltico, junto con otros incidentes cerca del Ártico y de Taiwán, ha puesto de relieve los riesgos ignorados durante mucho tiempo, afirmó Katja Bego, investigadora principal del centro de investigación británico Chatham House.
Los avances en inteligencia artificial, drones y tecnología autónoma están permitiendo nuevos enfoques de vigilancia submarina. Los contratistas de defensa se están posicionando para este cambio. El constructor naval italiano Fincantieri anunció en julio un plan para adquirir participaciones mayoritarias en cuatro empresas por unos 600 millones de euros (689 millones de dólares) para ampliar sus capacidades en drones submarinos y para superficie, en estudios marinos y en comunicaciones submarinas. El director general, Pierroberto Folgiero, describió las telecomunicaciones submarinas como «el verdadero facilitador» de un ecosistema emergente en el que los barcos de superficie actúan como navíos madres para flotas de vehículos autónomos.
Thales, de Francia, también ha desarrollado negocios que abarcan sonar, guerra antinavales, detección de minas y sistemas submarinos autónomos. Por otro lado, Euroatlas, con sede en Alemania, ha desarrollado el vehículo submarino autónomo GrayShark, que puede operar en misiones programadas previamente y remitir informes de anomalías, como objetos similares a minas, para que el operador los revise. Euroatlas afirma haber firmado contratos por un importe superior a 100 millones de euros con flotas navales europeas sin nombre para el GrayShark y está trabajando en una variante de pilas de combustible de hidrógeno que puede operar durante hasta 16 semanas o 8.000 millas náuticas, aunque esta capacidad no se ha demostrado aún.
Los expertos destacan que los buques tripulados y los submarinos no pueden patrullar continuamente zonas amplias del lecho marino, por lo que es necesario mezclar sistemas tripulados y autónomos. Verineia Codrean, directora de estrategia de Euroatlas, afirma que el objetivo no es sustituir las plataformas convencionales sino aumentar la actividad de drones contra otros drones, con equipos tripulados que intervienen cuando es necesario. Este mercado emergente está haciendo que las fuerzas navales se centren en la interoperabilidad entre sistemas tripulados y no tripulados.
Estos avances se enmarcan en una situación de mayor preocupación por la guerra híbrida, que combina ataques cibernéticos, sabotajes en el ámbito energético, diseminación de desinformación y presión económica, con o sin acción militar convencional.











